Género
Libros de clásicos: lecturas y reseñas
Las obras que el tiempo no ha logrado apagar y que seguimos leyendo generación tras generación.
21 libros de clásicos leídos por Elina

El gran Gatsby
F. Scott Fitzgerald

Sentido y sensibilidad
Jane Austen

Orlando
Virginia Woolf

Picnic en Hanging Rock
Joan Lindsay

El gatopardo
Giuseppe Tomasi di Lampedusa

La abadía de Northanger
Jane Austen

Cranford
Elizabeth Gaskell

Middlemarch
George Eliot

Pan
Knut Hamsun

El Corazón es un Cazador Solitario
Carson McCullers

Ethan Frome
Edith Wharton

Agnes Grey
Anne Brontë

El profesor
Charlotte Brontë

Frankie y la boda
Carson McCullers

Tess de los d’Urberville
Thomas Hardy

Washington Square
Henry James

El retrato de Dorian Gray
Oscar Wilde

Lejos del mundanal ruido
Thomas Hardy

Norte y sur
Elizabeth Gaskell

Reflejos de un ojo dorado
Carson McCullers

Santuario
William Faulkner
Sobre Clásicos
Un clásico no es un libro viejo, sino uno que se niega a quedarse en su época. Puede transcurrir en la Francia de la Restauración o en un pueblo helado de Nueva Inglaterra, y aun así hablar de algo que reconocemos al instante: el deseo de ser alguien, el miedo al juicio de los demás, la distancia entre lo que queremos y lo que nos atrevemos a hacer.
Lo que más me interesa de estas obras es que el tiempo no las ha suavizado. En Tess de los d’Urberville, la sociedad sigue castigando a la víctima antes que al culpable. En Washington Square, una mujer pasa la vida escuchando que nadie podría quererla de verdad y, aun así, termina construyendo una identidad que ya no necesita demostrar su valor ante nadie. En Rojo y negro, un joven brillante choca una y otra vez contra un mundo donde el apellido vale más que el talento. Cambian los vestidos y los salones, no el conflicto.
También es un territorio lleno de matices. Están los clásicos que diseccionan la mente hasta el último rincón, como El Corazón es un Cazador Solitario, y los que convierten el paisaje en destino, como Ethan Frome, donde el invierno pesa tanto como los personajes. Algunos, como Agnes Grey o El profesor, se leen hoy sobre todo como documentos de su tiempo, con una moral rígida que cuesta compartir. Otros resultan inquietantemente modernos, como si su autor nos hubiera estado esperando.
Leer un clásico no tiene nada de ejercicio de museo. Es descubrir que alguien, hace cien o ciento cincuenta años, ya había entendido algo que nosotros seguimos aprendiendo a golpes.